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Un día en la Carretera

Aquel dia, 12 de Septiembre de 2014, salgo de Tain L’Hermitage (departamento del Drôme) en dirección a Hauterives, en la región de Auvergne-Rhône-Alpes. A ambos costados de la carretera D109 se extienden cultivos de la vid, en su mayoría de la variedad Shiraz, hasta las fronteras de la margen izquierda del Rôdano. Sí, porque al otro lado del puente, se halla la ciudad de Tournon-sur-Rhône, que pertenece a otro departamento, al departamento de Ardèche. Ahí he pasado la noche, en las inmediaciones de la zona urbana, en algún lugar del malecón de protección que se construyó para evitar las inundaciones de uno de los ríos más grandes de Europa. Es una calzada de ripio que comparten ciclistas y viandantes, como aquellos 4 jovenzuelos y una mujer que rodean mi tienda en busca de matar el aburrimiento.


“Cómo lo haces?”, me pregunta quién daba la impresión de poseer un liderazgo natural. Al sentarse, ella, desliza un enorme tatuaje tribal en la pierna derecha parcialmente cubierta por su falda plisada. Se inicia una conversación que se prolonga por 30 minutos aproximadamente. Me tranquiliza comprobar que al final de la plática haya una ilusión generalizada de parte de estos chicos, de hacer un largo viaje cuando se independicen del nido. No percibo ningún sobresalto durante la noche, hasta la mañana siguiente, cuando oigo pasos de unos jubilados que ya salen a caminar al encuentro del primer destello de la alborada.


Antes de emprender la marcha hacia el centro de la ciudad, aquella pareja que había aceptado guardar mi bicicleta en su garage, me invita a tomar un abundante desayuno. Ella trabaja para el gobierno en Valence, él en un Banco local. Su hijo Martín se prepara para ir a la Escuela. Firman mi cuaderno institucional, preparan un par de sandwiches de jamon y queso, se sorprenden una vez mas de mi estilo de vida, me recomiendan visitar la Bodega de Tain y luego, cada uno nos ocupamos de nuestras cosas.


A las 9, frente al Supermercado Champion, me dedico afanosamente a cambiar la rueda del segundo remolque. Después de esta operación, giro nuevamente hacia el mismo camino por donde entré al centro urbano y me dispongo a atravesar aquel puente que visualicé desde un principio.


Los viñedos de Shiraz, unos kilómetros más adelante, son bruscamente reemplazados por maizales y arbustos que se mecen por la acción del viento del mediodía. Es muy raro ver algún vehículo pasar en esta inhóspita carretera. Hasta la confluencia con la D53, todo es muy monótono: algunas parcelas ya están aradas, esperando a la carga de estiércol que harán rociar en su superficie; el sonido de un hierro
colgado de un techo de zinc que se balancea sobre los fardos del forraje; delicados setos naturales que bordean algunas residencias rurales; invernaderos agrícolas de metal y plástico que cubren la huerta; buzones rurales comunitarios instalados en el medio de la nada, como si fueran guardianes de un territorio donde abunda el silencio y la soledad. Algún perro ladrando en la distancia.

De repente veo un sitio ideal para pasar la noche y decido parar allí mismo. Es un patio baldío de césped bien cuidado, fuera del perímetro de una mansión que alberga la vida de una pareja de jubilados. Me presento de la forma como lo he estado haciendo durante años: Diciéndoles quien soy al mismo tiempo que les estoy mostrando los recortes de periódico donde salí y aquellos Libros Institucionales, el elemento principal que me ayuda a ganar confianza. Soy yo el forastero y ellos, los propietarios de la casa. Cuando pido algo, trato de hacer siempre teniendo en cuenta el máximo respeto a estas personas y minimizar el grado de molestias que les puedo causar.


“¿Puedo montar mi tienda de campaña al otro lado de la entrada a su casa? Sólo será por esta noche, mañana muy temprano me retiraré sin interrumpirlos". La señora solicita un par de minutos antes de decidir nada y se encamina hacia el fondo de la casa. Un gran perro se halla descansando en un rincón de lo que sería una sala-comedor. Oigo, en la habitación de al lado, que ella está hablando por teléfono con su hija. Por mi parte, pido permiso para esperar fuera. Tres minutos han pasado, cuando la señora sale otra vez afuera: "¿Quieres un poco de té?".

A la mañana siguiente, entro en la villa de Hauterives. Veo una panadería a media cuadra girando el lado derecho de la Iglesia. Decido ir allí. Una vez más, todo el protocolo de mostrar mis recortes de periódicos y libros institucionales. Hélene y Alain, esta vez, son los grandes benefactores que ayudan a llevar a cabo esta expedición. Un nuevo día de aventura acaba de comenzar.

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