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Carta a mis parientes y amigos más cercanos



Más allá de ser un espejo de la vanidad y de otras miserias de la condición humana, Facebook es una herramienta social contemporánea muy positiva. Aquí nos encontramos, aquí nos descubrimos. Lo positivo no necesariamente es algo bueno, ni tampoco malo. Es lo que es. Positivo es saber quiénes somos y lo que representamos. La campaña de micro-mecenazgo que he lanzado la semana pasada, no solo es una oportunidad para cumplir con esa larga ilusión de lanzar mi primer libro. Es también un experimento existencial, como el mismo Gran Argumento que estoy desarrollando en estos momentos: Quien soy, de donde vengo.

Dispongo de dos casas virtuales. Una pública, mi página oficial de Facebook y, otra menos pública, mi cuenta personal. Mi casa privada, donde sólo se accede con un permiso. En ella, ¿quiénes están?, ¿quiénes son? (habrá por ahí alguna cuenta dedicada a alguien quien ya se ha muerto, es posible). La mitad de mis contactos hablan español, gran parte de ellos han podido leer los detalles de mi campaña. Con algunos, he establecido comunicación directa por el Chat y a otros les envié un mensaje privado. Unos respondieron, otros prometieron…

En esta mi casa están también los parientes, con mayor o menor grado de consanguinidad. Hace unas horas escribí en español esto: “Estoy comenzando a limpiar mi Facebook, empezando por mis "parientes". No los quiero aquí, justamente por ser parientes.” Todos hemos pasado por aquella necesidad de reciclar nuestras amistades en las redes sociales, especialmente en Facebook. El político, el negativo, el o la ex, el “Don Perfecto”, el que busca atención, el presumido, el que te hace sentir muy mal… y ¿los parientes? La sangre nos hace parientes, pero la lealtad nos convierte en familia.

Todos disponemos (o tuvimos) de madres, padres, hermanos, tíos… En ocasiones grandes núcleos parentales con miembros que, posiblemente, hayamos dejado de ver y tratar. ¿Hemos de sentirnos culpables por ello? La verdad es que en ocasiones sentimos casi una obligación “moral” por llevarnos bien con ese primo o prima con quien tan pocos intereses compartimos. Puede que nos una la sangre, pero la vida no nos encaja con ninguna pieza, asi que el alejarnos o mantener un trato justo y puntual no debe suponernos ningún trauma. Todo el mundo tenemos lo que denominamos clásicamente una familia. Eso es algo fácil: todos tenemos un origen y unas raíces. No obstante, el mantenerla y saber cómo construirla, alimentando el vínculo día a día para conseguir que esté unida, ya entra en otro nivel. Esto es muy difícil fundamentalmente cuando se reconoce su disfuncionalidad.

Para qué sirve realmente un pariente? Para practicar la cotidiana hipocresía, alimentar la dinámica de las apariencias y dejarnos consumir por la perenne desilusión al no respetar las diferencias, la independencia y la individualidad de cada quien? Debo aquí hacer una salvedad: hay parientes a quienes no los veo como tal. Quienes han sabido reciclar las consecuencias de su entorno inmediato, quienes han alcanzado reinventarse allende las fronteras de la aldea Ruiz Diaz Romero. Estas personas están plenamente identificadas y, lo saben.

No quiero un Me Gusta de vosotros cuando os envío la petición de colaboración. No me gusta que desaparezcan del chat sin despedirse cuando os hablo de este tema ni que prometan que sí, que sí, que sí y, luego nada. No os necesito aquí en mi casa cuando os escondéis detrás de un silencio egoísta o bajo la planta de un mango, murmurando, observando cómo me va en mi campaña. No. Lo que quiero de vosotros mis parientes, es constatar vuestro sentido de solidaridad en concreto. Ayuda concreta, solida. Respaldo efectivo. Sentirme orgulloso de llevar la sangre y el apellido que me han impuesto.

Hay una campaña de financiación colectiva, Crowdfunding, que he puesto en marcha la semana pasada. Esa recaudación será usada para solventar los gastos primarios que representa, en su conjunto, la publicación de mi primer libro (que luego vendrán otros y otros). A cambio he prometido enviar una treintena de fotos, una pulsera con el amuleto de la bicicleta y el E-Book de mi libro a cada persona que done un mínimo de 10 €. En la oficina de Splitfy que es la empresa operativa de este evento, cuyo domicilio comercial fija en la ciudad de Valencia, España, me han dicho que los parientes y amigos cercanos son quienes primero y más contribuyen. A ver...

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Hoy es 17 de Agosto de 2016 y voy a actualizar este post. La campaña de financiación colectiva organizada a fin de recaudar fondos para apoyar esta iniciativa de escribir y publicar el libro, formato digital, no ha funcionado. He enviado a cada uno de los donantes, dondequiera que se encuentren, un presente consistente en las artesanias que hago como forma de demostrar mi gratitud por la generosidad demostrada. En algunos casos, este mismo post -aparte de la polémica generada-, ha estimulado a algunas personas a aportar. A todas ellas, muchas gracias. 

El proyecto, como he publicado en su momento, sigue vigente aunque bastante ralentizado en estos momentos. Estoy intentando establecerme en un territorio emocional, físico y espiritual que me devuelva ese entusiasmo que originó la fundación de esta iniciativa. La esperanza es lo último que se pierde. Desde ya, una vez mas, muchas gracias.  

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